Otto y yo

Ayer me dejó para siempre el que ha sido, sin duda, mi mejor amigo durante los últimos 11 años. Lo encontré abandonado, con tan solo unos meses de vida y ya moribundo. Conseguimos que saliese adelante a base de mucho esfuerzo y se convirtió en un perro grande y hermoso, lleno de vitalidad. Le encantaba salir a pasear por el monte y sobre todo por la playa. Disfrutaba nadando hacia los palos que le arrojábamos desde la orilla. Parecía incansable,con un corazón de hierro.

Desde que era un cachorro, se acostumbró a ser mi sombra. Siempre estaba junto a mí, en los buenos y en los malos momentos. Cuando me divorcié, pasó a ser mi única familia, el ancla que te aferra a la cordura en una de esas pruebas que la vida se complace en plantearte continuamente. Siempre fuimos tal para cual, siempre disfrutamos juntos de las vacaciones y los fines de semana, de las excursiones, las barbacoas con los amigos y las comidas familiares. Siempre fue cariñoso con los niños y las personas mayores. El único defecto de su carácter era querer ser siempre el “machito dominante”, lo que le llevó a enfrascarse en unas cuantas peleas caninas con otros machos de su tamaño.

En la última parte de su vida, ya en Vitoria, le tocó compartir techo con Beltza, el perro de mi pareja. Juntos formaban un curioso dúo, uno rubio y otro negro, uno grande y otro pequeño. Pero desde el primer día formaron piña, supieron crear un vínculo de manada que los humanos no podemos comprender. Fueron días felices, solamente empañados por la cantidad industrial de pelos que recogía nuestra aspiradora.

Ayer descubrimos que el corazón de Otto no era de hierro y que estaba enfermo. Dos infartos consecutivos se lo llevaron, dejando mi alma vacía. Pero no quiero estar triste. Prefiero pensar que su vida fue intensa y plena y que la disfrutó como pocos perros pueden hacerlo. La muerte es parte de la vida, la ruleta gira una vez más y lo que pierdes, lo pierdes definitivamente, mientras que lo que ganas es absurdamente efímero. Se que muchos pensaran que, bueno, solo era un perro, no es para tanto. Puede que tengan razón, pero para mi Otto ha sido mucho más que eso y jamas dejará de ocupar un lugar destacado en mi corazón, jamás olvidaré los buenos y malos momentos que pasamos juntos. Juntos como lo que eramos: dos auténticos amigos… para siempre.

Otto en Cabo de Palos

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