Cada día que pasa oímos hablar más a menudo de lo que se ha dado en llamar Internet de los objetos. Millones de sensores implantados en millones de objetos intercambiaran y subirán a la nube miles de millones de datos. Nos prometen una nueva revolución, algo que difícilmente podemos siquiera imaginar hoy en día. Todo ese flujo de datos se va a acabar convirtiendo en el sistema nervioso central de la nuestra civilización.
Las posibilidades que abre esta tecnología son prácticamente ilimitadas. Solamente los sentimientos humanos son imposibles de monitorizar, pero de ahí hacia abajo, prácticamente todo es medible. Geolocalización, temperatura, movimiento, peso, altitud, velocidad y todos aquellos parámetros que se nos ocurran van a generar datos útiles que tendremos que aprender a utilizar correctamente.
En poco tiempo y desde nuestro dispositivo móvil vamos a poder interactuar con prácticamente todo nuestro entorno, tanto humano como inanimado. La interrelación de todos los datos que nosotros mismos aportamos al estar presentes en las redes sociales, al registrarnos en una tienda online o al encargar una pizza por Internet con los datos recogidos por millones de sensores por todo el mundo abren unas posibilidades enormes para las industrias tecnológicas y para los desarrolladores de sotfware.
Los ejemplos de lo que nos espera superan ya los sueños más locos de nuestros padres. Plantas que nos piden que las reguemos a través de Twitter. Coches que se comunicarán entre ellos y evitarán colisionar entre si. Tiendas que sabrán mejor que nosotros lo que queremos comprar. Cerraduras que abrirán puertas cuando nos acerquemos basándose en nuestros datos biométricos. Medicamentos que sabrán cuando los tomamos por última vez. Todas estas aplicaciones de la comunicación de sensores en red van a revolucionar también lo que hoy conocemos por segmentación en el marketing tradicional. Cada individuo sera un target único e irrepetible y las marcas van a poder dirigir su mensaje personalizado al 100% a cada uno de nosotros.
El reverso de la moneda es la pérdida de cada vez mayor de nuestro espacio privado. ¿Hasta donde podremos controlar nuestra propia privacidad? La magnitud de lo que se avecina nos hace pensar en Orwell o a mundos controlados por máquinas como Omnius o Skynet. Esa es la otra parte del reto: utilizar la información en beneficio de la ciudadanía sin perder en el proceso nuestra propia identidad, nuestro derecho a ser humanos volubles e impredecibles, a tener nuestras propias ideas y espacios donde difundirlas. Corremos el riesgo de convertir la tecnología en ideología, algo de lo ya nos advirtió Jürgen Habermas hace décadas. Por no hablar de la brecha digital entre distintas sociedades y estratos sociales, que sin duda se agudizará a medida de que se vaya implantando esta red neuronal de la sociedad integrada.

Foto: Things of the Internet of Things by centralasian (Flickr)
Anuncios