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Como la mayoría ya sabréis, hoy se celebra el Día Mundial del Alzheimer, esa terrible enfermedad que se ha convertido en azote de nuestra sociedad moderna. Es importante que esta enfermedad se conozca y que se puedan dar los pasos necesarios para luchar contra ella desde la investigación médica.

No es que esta enfermedad sea más o menos terrible que otras, quizás menos conocidas o que afectan a menor número de personas. Cualquier enfermedad es en sí una tragedia para una persona y su familia.

Pero lo más terrible de esta enfermedad neurodegenerativa es que acaba con la personalidad de los afectados. Es terrible ver como esa persona no tiene nada que ver con la que era antes de que la enfermedad se desarrollase. El Alzheimer es un asesino despiadado, ya que acaba con lo que la persona afectada era hasta ese momento.

Cuando diagnosticaron esta enfermedad a mi padre en 2010, no sabíamos lo que nos esperaba. Sabes que va a sufrir una paulatina pérdida de memoria, un progresivo deterioro físico, algún episodio de alucinaciones y terrores nocturnos, disfunciones en el habla, etc. Pero nunca llegas a estar preparado para ver como desaparece para siempre la persona que has conocido durante toda la vida, por mucho que lo veas tranquilamente sentado en el sofá.

Mi padre junto a Bahamontes (1958)

Mi padre siempre ha sido una persona sana y muy activa. Fue ciclista en su juventud y un gran aficionado a este deporte. Le encantaba ir al monte a pasear y con la cuadrilla a tomar unos potes por los bares del barrio. Lleva desde los 15 años en Eibar, cuando empezó a trabajar en la antigua planta que Orbea tenía junto a la Estación, y siempre ha sido una persona comprometida socialmente y un eibarrés orgulloso de su ciudad.

Pero, desgraciadamente,  esa persona ya ha desaparecido. A mi padre ya no le interesan ni los deportes, ni los amigos, ni la política. Rezuma una indiferencia ante todo que asusta. Y sabes que ya no hay marcha atrás. Esto es, a mi juicio, lo más terrible del Alzheimer: el ver a un ser querido cambiar de tal forma que ya no eres capaz de reconocerle.

Y esto no ha hecho más que empezar. Afortunadamente, no estamos solos: a la ayuda de amigos y familia hay que sumar el asesoramiento y la comprensión de los profesionales que tienen que trabajar a diario con gente como mi padre. Por eso me gustaría agradecer desde aquí la colaboración tanto de AFAGI, la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer de Gipuzkoa, como la de los trabajadores del Centro de día del Centro gerontológico Egogain de Eibar por la ayuda que prestan a mi familia en esta dura prueba que nos ha tocado vivir.

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Esta madrugada ha fallecido mi suegro, después de una larga lucha contra la enfermedad que le tenía postrado en una cama de hospital desde la víspera de Nochebuena. Ya había padecido antes varios episodios de neumonía y dificultades respiratorias, herencia indeseada de su vida laboral como rebabador en una fundición de Betoño. El polvo acumulado en sus bronquios durante tantos años de trabajo le ha impedido que afrontase con garantías de éxito el tumor que se había instalado en su estómago. En condiciones normales, se podría haber extirpado, pero con su capacidad pulmonar al 2% la intervención era inviable.
Bueno, todo eso ya quedó atrás y Marcial ya no va a sufrir más. Ha muerto arropado por su familia, sintiéndose querido y espero que con la sensación de haber cumplido con su misión en esta vida. Estos últimos 18 días que ha pasado en Txagorritxu han sido duros. Se han convertido en las peores Navidades de nuestra vida. Pero Marcial pertenecía a una generación a la que nunca le han puesto las cosas fáciles y supo llevar la enfermedad con entereza y dignidad. Se preocupaba más de tranquilizarnos que de expresar su dolor, que sin duda era mayor de lo que él dejaba traslucir.
La vida sigue, esa es la mayor de las verdades. Ya nada podemos hacer por él, más que recordarlo en sus buenos momentos. Sin duda lo echarán de menos sus amigos en el poteo de Zaramaga, siempre con su txapela y una sonrisa, siempre pendiente de su mujer, sus hijos y nietos. Personalmente, lo voy a echar mucho de menos. Desde que entre a formar parte de su familia, la relación fue inmejorable y siempre me ha tratado como uno de los suyos, algo que le agradeceré siempre. Y ahora nos ha dejado un vacío imposible de llenar.
Goian Bego, Marcial. Descansa en paz…

tdt

Esta mañana me ha tocado TDTdizar a mis padres. Que forma más absurda de volver locos a unos apacibles jubilados de 70 y tantos. Y total, para poder ver el culebrón de la tarde, el Telediario y algún que otro partido de fútbol. La TV que mis padres tenían en el salón era un autentico clásico. Era de finales de los 80, sin euroconector y para colmo, no tenía mando a distancia. Bueno, este inconveniente lo subsanaban con el mando del video VHS, que es para lo único que han usado dicho reproductor, además de un par de pases del video de la boda de mi hermana. La cuestión es que dicha pieza de museo funcionaba de maravilla y era ya como de la familia. En ella vimos El equipo A o El coche fantástico. Sobrevivió a Dallas, Dinastía y Falcon crest. Vio a Pedro Delgado subir las cuestas del Tourmalet y a la selección española ganado la Eurocopa en Viena. Fue testigo de la caída del muro de Berlín, de como se desmoronaba la URSS, de como Sadam invadía Kuwait, de como las trazadoras iluminaban la noche de Bagdad, de como se desmoronaban las TwinTowers y de como los tanques de la 101st Airborne Division cruzaban el puente sobre el Tigris.
Muerte a lo analógico. Viva lo digital. Más canales para disfrutar, más vanalidades para digerir. Menos cultura y más basura, pero eso sí, digital. Este mundo digital es totalmente ajeno a personas de edad avanzada. Es un medio hostil para miles de personas que ni siquiera saben leer un SMS y mucho menos usar un ordenador. Mi padre se ha tenido que gastar 600 euros en una TV que, en realidad ni quería ni necesitaba, con un menú que no entiende y con posibilidades de conexión que jamás aprovechará. Una víctima del consumismo digital. Menos mal que a mi madre le ha parecido bien. Le da un toque moderno al salón… ha sido su sentencia.

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